Aunque más o menos todos nos hayamos ido acostumbrando a pensarlo y decirlo así, quizá ha llegado ya el momento de constatar que el principal problema de la forma de vivir la Navidad en nuestra sociedad no es el consumismo: el problema principal de nuestra Navidad es que parece una obligación para todo el mundo estar bien, no sufrir, vivir en un mundo perfecto. Como si el que vive situaciones de cruz no pudiera experimentar la felicidad de la Navidad.
El consumo excesivo sin duda debe ser criticado, en este mundo nuestro que cada vez crea más pobres y en el que parece que todo vaya dirigido a hacernos creer que quien más gasta más es. Pero consumir, gastar de forma razonable, de por sí constituye una sana expansión festiva: baste recordar la actitud de Jesús en las bodas de Caná, o la historia de María ungiéndole los pies en Betania...
El problema más grave está en otra parte. Está en el hecho de que en buena parte de los mensajes navideños que nos llegan (por
ejemplo, en algunos "calendarios de Adviento", o en las muchas películas norteamericanas que aparecen por la televisión en estos días) des-aparece completamente cualquier referencia a Jesús nacido en Belén, y todo se convierte en una fiesta de papás noeles y árboles nevados. Y, unido a ello (y ahí está la
tragedia), se transmite un supuesto "espíritu navideño"
consistente en decir que todos estamos muy bien, y 'todos los
problemas desaparecen, y los conflictos se resuelven con
facilidad, y nos hacemos regalos magníficos que son la
certificación de nuestra felicidad.
Ahí está el drama. Podría sabernos mal que desaparezcan las referencias a Jesús, pero eso sólo seria un síntoma más de nuestra sociedad laica. Pero lo que no se puede aceptar, lo que hay que combatir, es la idea de que el espíritu de la Navidad consiste en vivir sin conflictos ni dolores. O dicho al revés: que los conflictos y los dolores son signo de falta de espíritu navideño.
Porque esto, por una parte, crea unas actitudes profundamente insolidarias: no nos podemos permitir pensar en las situaciones de sufrimiento de nuestro mundo, porque eso estropearía el susodicho espíritu navideño... tenemos que concentrarnos en vivir una vida de familia y de amistades en la que no haya ni sombra de problema... Y por otra parte, hace que nosotros mismos seamos más incapaces de hacer frente a los conflictos que tenemos en casa, o en el trabajo, o en las relaciones de amistad. O dentro de nosotros mismos; y si llegamos a la Navidad con alguna situación conflictiva, la situación conflictiva se hace más trágica porque no cuadra con este supuesto (y falso) espíritu navideño de los papás noeles y los árboles nevados.
La Navidad de Jesús fue una Navidad de conflictos. Lo dijo Simeón en la presentación del Niño en el templo, y lo vivieron Jesús, María y José en su propia piel huyendo de la crueldad de Herodes. El espíritu de la Navidad no es la inexistencia de conflictos. El espíritu de la Navidad es vivir los conflictos (los nuestros, y los de nuestros familiares y amigos, y los del mundo entero) con mucha confianza en el Padre e intentando poner en ellos todo el amor posible. O sea, la Navidad es la cruz y es la resurrección. Y bueno será recordarlo.